miércoles 23 de marzo de 2011
martes 8 de febrero de 2011
El infierno nuestro de cada día
Por Andres Cardo
Concretar un libro que reúna en sí mismo tradición, y al mismo tiempo empuje, desprendimiento; que junte en el mismo cuarto irreverencia y solemnidad, y que amarre con el hilo invisible de la poesía a dos antagónicos poéticos, como es el realismo (sucio o no) y al romanticismo (místico o no), y luego desprender de ellos una forma conjugada de escribir poesía.
En definitivo hablar del amor en el Siglo XXI nada tiene que ver con la cursilería de otros siglos, donde la ingenuidad, o la alevosía imperaba como una lenguaje para golpear al otro y tenderlo sobre la lona de enamoramiento y luego engullirlo en la cama, en la mesa, y por si faltara, en el coloquio del día a día. Entre feminismo y desconstrucción el mundo, al menos desde el lenguaje, empieza a generarse una intensión de transformar esta inercia. Así lo demuestran Héctor Marat y Daniel García Solís, que con sendas bitácoras, procuran desarticular el consabido camino del amor-desamor para así formarse como, no digamos ya hombres, sino seres que asumen su derrota como propia, y no como un obsequio de esa Beatriz infernosa que tanto ha fascinado con su figura desde hace ya tantos siglos. Pero es esa muerte la que debería darle a Marat un hachazo en la sien para que brote en sangre un camino nuevo de vida. Debería ser esa tajada una puerta tan sólo para ver con nuevos ojos los cuerpos. Quizá un ritual es aceptar la muerte como para entender que todo lo que vemos es invisible. La prueba ha sido superada, ahora falta sirva de algo. Por su parte García Solís pareciere que en ese séptimo día ha rendido las armas ante ojo parpadeante de la vida, y que callara para resignarse a una pérdida que es ajenas, extraña. Corre el riesgo de quedar encapsulado en una generación de seres que se conciben “ancianos” a los treinta años, es más, a los 29 ya se creen momias dando sermón a los hombres maduros de 24. Y viven muertos, cargando una condena de vida desde una páramo ajeno, donde cada mujer que camina por el mundo es sólo el recordatorio de que están solos y nunca “nada será de ellos”. Quizá la lección del desamor sea aquí sólo una cicuta para desgarrar esas vísceras inútiles que han demolido el todo en una nuez hermética. Habrá que abrir ese párpado y sacarle toda su carne a ese tedio, para retomar el camino de la Belleza.
Sergio García Díaz, que es el maestro del taller, y por ende, el antologador; ejerce con maestría autocrítica (casi en todo momento de su poema) el verso dialogante, atónito, circunspecto ante una “mujer que sube tocar las estrellas”, y la mira como quien mira un cielo estrellado. Esa es su declarada debilidad, mirar con los ojos vacíos. Tal vez, porque es necesario que la cuenca se llene de con el agua de una lluvia que no ha llegado, pero también hay cicatrices que si se abren dan con su beso un manantial de sangre limpia como la de un recién nacido. Un poco de fuerza haría para con espátula arrancar esas costras viejas. Sin embargo, el transcurso con el que aborda la revolución, el yo, la buena forma de ver el mundo, nos regala un viaje degustable, y que termina como todo lo efímero, como la luz misma, en la noche que se duerme detrás de nuestra mirada cuando amanece, y ella nos mira con su único ojo.
El poema de Javier Serrato Vargas apuesta un poco menos, pero huele mucho, como esa hierba amarga que es el “huele de noche”. Está tan embelesado con el tráfago de la historia, que empieza a desteñirse el sentido de las cosas en su caverna craneal, y se vuelve el día, o la primavera, el único anuncio para cosechar la tierra. Están los frutos externos, las guayabas, como el estampado de una pared intangible, pero los frutos internos se van muriendo, mientras el corolarios de las yerbas a la orilla de río crece como una larga lista de accesorios para ir a la guerra, para morir por una bala, y no de hambre. Delicioso breviario de cómo viajar a caballo y al final del día, desesperadamente esperar que todo vuelva al mismo lugar donde lo dejamos al cerrar los ojos.
Verónica Núñez Abad dibuja un 69 como la forma perfecta de lo impenetrable. La ciudad como una memoria portátil que habita en el deseo lúbrico del amante. El caos como una lengua besando lo sexos. La destrucción, los mutilados, las noticas, el ruido como la orquesta que acompaña el acto que comenten dos criminales en busca de una guarida, de un lugar para escapar del mundo, dentro de una habitación. El hotel como el sitio para encontrarse atemorizados, lamiéndose las heridas, curándose un poco esa soledad tan filosa como un rayo, como una mujer desnuda al mediodía bajo un sol furioso, o un hombre sediento, sin manos, tratando de levantar una moneda; dos embalsamados cuerpos saliendo a la calle después de haberse vendado los ojos con besos negros.
Alberto Vagas Iturbe, el Pornócrata, es sin duda un caso particular, en el sentido de que carga a dios entre las piernas. Es seguro que una larga hilera de simples vulgares desearían tener un poco de su verborréica elegancia fálica. El fístulo, el pavorreal, el dedo, son los antagónicos de la burra, la zorra, y otros personajes que encarnan esta fábula, que algunos han dicho es en definitiva uno de los pocos autores que lo que escribe “no es autobiográfico”. A veces abusa de lo escatológico, es verdad, de mal olor, de lo extravagante grotesco. Pero es también verdad que a veces acierta en evidencia el crecido narcisismo masculino que tanto irradia como una flor mitad zorrillo mitad osito de peluche. Tan vulnerable es el macho. Y así, ejercita toda una mitología, una fauna entera para ilustrar este fantástico mundo visual que habita en el ideal de todo súper hombre que se presuma como tal.
En el caso de Filadelfo Sandoval, el viaje es hacia atrás, muy atrás, en esa vieja partida de ajedrez que bien sabemos perdió Salomón, y a la fecha sigue pidiendo revancha. Pero lógicamente es un juego que no podrá volver a jugar, porque Saba no comete el mismo error dos veces. Pero esta maga, sacerdotisa, diosa blanca también, es tal vez otra vez una luna que amamante a sus hijos con sangre. Tan dolorosa es la angustia de cuando no tienes la capacidad de poseer algo, y peor aún, a alguien, a todos su brebaje, su cultura, el mundo del que nació una extraña flor, que lo que buscas hacer como Eróstrato, es arrancarla, volverla una viruta de humo, una pira, un maldito sol enfermo. Como bien se sabe, la mejor forma de vencer a una mujer, según piensan los entes masculinos, es convertirla en bestia; en el icono de la fealdad y lo decadente. Pero en este caso ella se corona con el Laurel y mira desde su trono radiante otro poema a sus pies.
Ya al cierre del libro, aparece otra versión de mujer, donde trata de fugarse de la realidad convertida en nube. Es el caso de Adriana Jessica Gómez, que busca escapar de esa tierra convertida en sueño, en maquiavélica máquina de composiciones ruines. Y se vuelve agua, se aferra a los elementos como una montaña para cruzar el umbral del cielo. Evoca los cantos ancestrales, difumina algunos prejuicios, pero una vez afuera de la estratósfera, una vez en el vacío del todo, siente nostalgia por el Día, y regresa al mundo sólo para ser tocada por esa mano que durante tantos siglos le ha teñido el cabello sólo para que se vea hermosa a los ojos de él, el amo del espejo. El padre de sus hijos.
El abismo onírico que no comprendemos está justo en medio de nuestros ojos, y es imposible verlo; para llegar a él sólo queda el olfato. Ezra Ailec nos lleva al interior de ese intento, y nos invita a llegar al abismo sólo a través del aroma, y es posible. Ese es el código de la memoria, la forma de recordar el sueño que al despertar sigue ahí delante como una pesadilla, enredada en la trinche del día, igual que un pedazo de mugre que no notamos y confundimos con paisaje. Trata de soltar esa barra de hierro, de salir por la herida triunfante, recién nacido, pero al final lo único real es la muerte, cuando despertar es escapar de este mundo.
Para el cierre Roberto Romero Aguilar, nos pide la mona, que ya dejemos de estar chingando, que para qué tanto hacerla de pedo, que mejor pedir a robar, dicen. Y nos trepa en el chimeco, salido de un mundo feo, plagado de una estética derrumbándose como un cascarón que permite ver dentro del huevo una noche oscurísima como el mismo día. Y nos lanza las palabras que lanzan los seres cuando cruzan la línea de los sitios, sin importar las geografías. Y nos pide, me pide, que ya deje de estar chingando. Así que cierro mejor el libro.
Como ven en este sitio, allí don suenan las trompetas, todo es mañana, la anunciación del día, las trompetas recibiendo el infierno de la luz, el fuego que en algún momento pensaron los nobles los mantendría en el top 10 toda la eternidad. Pero al parecer, estas trompetas anuncian (quiero creerlo) la llegada de otra cosa, de otro ser, de otro demonio menos velludo, menos pata de gallo, menos cornudo; un demonio más amplio, con más dedos, con más lunas en el pecho, un ser que llegó para alumbrarnos con sus frutos invisibles, con sus soles nuevos, y que tal vez, esta mañana estos diez poetas, la vieron de reojo, y han decidido festejar, dar la bienvenida con este libro, con estos poemas, con trompetas y bombo, a la Mañana.
sábado 23 de octubre de 2010
Con José Cruz en Faro de Tláhuac



La poesía contiene un largo espectro de posibilidades, que se remonta y expande, hasta el primer gesto que pudiésemos concebir como "acto poético". Dentro de esta gama, el rock (y su génesis, y sus derivados), es decir, esa música que rueda sobre cuatro ruedas, es una conexión con la esa poesía que a lo largo de los diferentes tiempos a funcionado como eje ritual para constituir las realidades. Así como en la prehistoria los tambores y las percusiones en general funcionaron como base de la danza, que "reunía" a la horada en torno a una misma "escencia", o en épocas más cercanas, los coros griegos, y ya más constituido en gremio profesional "los cantores romanos", que bien derivaron en juglares bajo el mando de los sacerdotes del primer milenio, y que fueron base fundamental para la construcción de las "lenguas romances", y sin dejar a un lado los "rapsodas" que se constituyeron como "profesionales de la poesía" al servicio de la corte, o dependiendo de la época, de la clase burguesa; así ahora, como en el siglo XIX fueron las canciones populares, que gracias al perfeccionamiento de los instrumentos y su fácil acceso a las clases "plebeyas", dio origen también a los "autores musicales" y a la canción ya como un género músical más que lírico. Así, el siglo XX con sus individualismo, y por ende su caos en la sinergia de todos los seres, da como hijo, con base en esa percución tribal del principio de los tiempos humanos, y con la tecnología del artefacto, el jazz, el blues, la música rodante. El rock. Música hija de toda esta tradición de "consolidadores de tradición", que ahora más que nunca marcan su propio camino, y dejan claro que la poesía (no como creadora de tradición, sino como constructura de particularidades) es su ente dialogante y sus musa: su alimento para generar esas canciones que día a día constituyen la realidad tal cual la conocemos. En caso contrario, en caso de que el autor de canciones se deslinde de esta base poética, corre el riesgo de constituir la realidad el mismo modo que lo ha sido, y no aportar así ninguna variable (caer en el Conformismo, vanguardia de los quietos). Todo gran artista sabe que lo único que le queda a su arte es poner su grano de pólvora (la cita es de González Rojo) para dar una nuevo rasgo a esa gran escultura invisible que es la humanidad. Y José Cruz, lo hace. Por eso estamos aquí leyendo su libro de poemas.
viernes 1 de octubre de 2010
viernes 2 de julio de 2010
miércoles 5 de mayo de 2010
martes 16 de marzo de 2010
Nectáfora o del arte de vivir a la velocidad de un beso
Pero para eso hace falta mucho, entrar en el laberinto de la oreja, diría Villaurrutia, de esa orla, de ese glifo, de esa llave que significa la palabra. Tal vez por eso sea tan amado ese beso, porque en su esencia no es sin la textura, o la humedad de una palabra, ese beso hermoso o dulce, o amargo que a todos nos da la huella de quién es el que tenemos junto a nuestro rostro tratando de penetrarnos con su lengua, tratando de entender toda la información que cabe en un milímetro cúbico de saliva: el menjurge alquímico que se forma cuando dos se anudan en una sola boca.
Cuántas imágenes apasionadas llegan a la mente sólo de pensar en un beso. Bien lo dice la historia, o el registro de las frases que permanecen —de boca en boca— hasta nuestros tiempos: más por practicidad que por belleza, sentimentalismo o ebullición emotiva, sucede que cuando un(a) Alguien no gusta de enamorarse, desboca con la certera frase para cerrar los labios como un zíper, y dice: no me beses en la boca porque me enamoro.
El poeta del siglo XIX no podría haber imaginado un beso delineado por el cursor, donde lo tangible es ya una forma lejana de lo que hora tantos entienden por amor, y en cambio enunciaba esa condenación a la carne que hubiese sido capaz de ofrecer para perder, incluso, el derecho al Cielo (aquél placebo cristiano que tanto conturbo a tantos poetas), sólo por probar el “néctar” de esa boca que contenía no sólo un alfabeto entre sus grietas como mangles, sino varías formas de mencionar la palabra sin dejar entrar ni por un segundo aire al laberinto del cerebro.
Pero este candor de tierra posesa se va volviendo metálica sangre (como escribe el no tan leído Jesús Arellano), se va endureciendo y de pronto los labios son hielos, distancia, carnalidad muerta que no ofrece más que prebendas de frustración por no saber cómo juntar dos formas de Mundo a manera de labios (véase Aridjis, en su ya célebre poema Perséfone). Digamos mitad del siglo XX, donde la mujer ya no es el predio poblado por su conquistador, y tampoco es obediencia ni posesión de nadie, el hombre-poeta se mantiene enamorado de aquella vieja forma del amor y se vuelve taciturno en un mundo de autos; pero también se vuelve violento, más misógino, un tanto más egoísta (obligado por su incapacidad a reconstruir su mente rígida) y escribe entre la estridencia de los autos cartas lejanas: posesiones ajenas. Bien lo escribe Aura: yo a solas acá soy alma de los dos. En cambio hay otras posturas donde el beso es también la usencia, el retrato (a la manera de Kavafis, incluso), donde la palabra es lámpara, y la lámpara es el beso, la forma de llegar al otro a través del espejo de la realidad que nos colocan los rostros (me refiero en eso a José Carlos Becerra). Y creo vale la pena detenerse en el ocosinguense Efraín Bartolomé que bien empuña el beso como una resistencia conjunta, ese compañerismo de los géneros que floreció en los 70, donde es el beso una forma de resistir ante la realidad (concreta) y el bullicio.
Esta antología puede ser una bitácora de usos y costumbres, de vicios y desarraigos ante los diferentes pasos de la gente de México a los largo de estos dos siglos pasados. Incluso de los poetas más furiosos, los que ven el beso como un chasquido necesario ante el aletazo negro del mundo (Javier Gaytán), o incluso una forma de contrarrestar el poder ejercido por la indiferencia, la acción antitética de lo que debiera suceder, pero sucede y se vuelve procedimiento necesario para cambiar el curso de los días (poema de Adriana Tafoya que vuelve el beso otra forma de poder). Ya no sólo la palabra, el beso, la orla, no; sino la carga que conlleva ese pesado líquido invisible que nutre más de las cuatro partes del mundo-cuerpo.
Nectáfora, quizá es el brebaje que contenía la lámpara de Aladino, o lo que asumían como el agua de la vida eterna. Lo que es cierto, es que en este libro podemos no sólo analizar las formas que va tomando la poesía a lo largo de los siglos, sino también la forma de las ideas que la contienen, las visiones de los humanos ante sus tiempos, y hasta qué grado quedaron o no constreñidos a la forma del vaso que los contenía.
Sea esto una forma de ver el beso, como el bien que nace de dos bocas que deciden volverse —en un instante, que quizá es la única unidad temporal de la que está hecha la vida— energía y volverse, si no un solo ser, sí un solo cauce de esa agua que llena de gracia y plenitud lo cuerpos que habitarán el Mundo hasta el resto de los días.




